El realismo es una tradición muy rica, pero introduce confusión en el discurso sobre la política exterior estadounidense. El pragmatismo estadounidense ofrece un vocabulario alternativo.
Se nos dice que el realismo es una tradición rica porque cuenta con numerosas variantes: clásico y neoclásico; ofensivo y defensivo; cristiano; progresista; ético; y ahora, a raíz de la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el realismo «flexible». Es tan rico que ocupa una«mansión de muchas habitaciones». Como académico, podría pasar felizmente toda una vida en esta mansión. Pero como persona interesada en una política exterior coherente, a veces recorro sus pasillos perdido y confundido. Mi impresión es que el público estadounidense saldría ganando con un cambio en el vocabulario normativo.
Son muchos los adjetivos que acompañan al realismo, ya que las teorías siempre están dirigidas a alguien y persiguen algún fin. Así lo ilustra Matthew Specter, de la Universidad de California en Berkeley. Su trabajo demuestra cómo el lenguaje realista del «interés nacional», que suena tan objetivo, surgió de la búsqueda imperial occidental del estatus de gran potencia y se mantuvo entrelazado con ella. El deseo egoísta de definirse a uno mismo como una «gran potencia» con «una esfera de influencia» que subyuga a «potencias inferiores» se normaliza porque el realismo le permite«aprovecharse del aura de lo real». En otras palabras, el realismo puede llevarnos a aceptar jerarquías sociales porque nos dice —en palabras de Bruce Hornsby— «así son las cosas. Hay cosas que nunca cambiarán».
En la actualidad, el realismo se alinea con una ideología conservadora radical que permite a las grandes potencias competir en una pluralidad de «civilizaciones» esencializadas. La misión de Estados Unidos en este mundo consiste en restaurar«la confianza civilizacional de Europa y la identidad occidental»defendiéndolas de sus enemigos, entre los que se incluyen los liberales que no reconocen diferencias concretas entre naciones, religiones, razas y géneros. Su objetivo es «corregir» los errores del globalismo liberal, pero se trata de«vino viejo en odres nuevos». Es un realismo en favor de la «grandeza nacional », la jerarquía social y el imperialismo del siglo XIX.
Quienes se sitúan en otros sectores del espectro realista critican su alineamiento con el conservadurismo radical. La Administración Trump, argumentan, nos está manipulando. Paul Poast, de la Universidad de Chicago, por ejemplo, sostiene que la política exterior de Trump no es en absoluto realista. Contrasta el «militarismo cristiano» de la administración con el «realismo cristiano» de Reinhold Niebuhr. Mientras que el primero mezcla la fuerza coercitiva con el orgullo civilizacional, el segundo critica tal vanidad. El realismo estadounidense es, desde esta perspectiva, mucho más «moderado» en lo que respecta al uso del poder militar.
Del mismo modo, en un artículo reciente para Carnegie Council, Kevin Maloney, director de relaciones públicas de la organización, rescata la obra de Hans Morgenthau de la «manipulación deliberada» de la Administración Trump. En esta vertiente del realismo se hace hincapié en una«ética de la responsabilidad»weberiana basada en las consecuencias de las propias acciones. Un uso imprudente del poder conducirá a resultados perversos. La arrogancia del intervencionismo estadounidense (en Vietnam, Irak y ahora Irán) subestima el poder del nacionalismo ajeno y Estados Unidos acaba en situaciones que perjudican sus intereses nacionales.
Es probable que Poast (siguiendo a Niebuhr), Maloney (siguiendo a Morgenthau) y la Administración Trump acaben hablando unos por encima de otros. Esto se debe a que discuten sobre algo que solo puede entenderse si se vincula a una imagen concreta de la nación; y, de hecho, lo que se está cuestionando son los fines que marca la identidad nacional, no la definición «correcta» del realismo. Los fines no imperiales de Maloney y Poast apuntan a la restricción del poder estadounidense, mientras que los fines imperiales de la presidencia de Trump apuntan a un poder sin restricciones. Ambos podrían calificarse de realismo porque ajustan los medios a los fines, pero su diferencia en cuanto a los fines requiere un vocabulario normativo muy distinto.
Esto podría sugerir que el realismo no nos aporta nada de valor. Esa no es mi conclusión. Me parece convincente la crítica que el realismo ético hace del idealismo dogmático. La afirmación del moralista de que los líderes estatales deben «hacer lo correcto» independientemente de las consecuencias es tan egoísta (y éticamente problemática) como la afirmación del amoralista de que se puede abusar de «el otro» para promover el interés nacional.
Sin embargo, prefiero seguir a John Dewey y denominar a este enfoque en las consecuencias prácticas «pragmatismo» en lugar de «realismo». Al vincular la ética consecuencialista con el pragmatismo, evitamos asociar las virtudes del juicio prudencial y el razonamiento deliberativo con aquellos aspectos de la teoría realista que pretenden haber identificado objetivamente una «realidad» esencializada o fija.
Aquellos pensadores de política exterior que asocian a Dewey con el idealismo de entreguerras —incluida su participación en el movimiento para «declarar la guerra ilegal»— rechazarán cualquier intento de vincular el pragmatismo con la prudencia política. Pero en lo más profundo del pragmatismo filosófico hay un enfoque implacable en las consecuencias prácticas de las ideas, y una crítica convincente de los hábitos culturales y las certezas morales que protegen los comportamientos dogmáticos. Los realistas y los pragmáticos someten acertadamente al liberalismo a este interrogatorio, pero los pragmáticos también someten al realismo a él. Los pragmáticos son igual de críticos con los hábitos y certezas asociados al pensamiento realista, especialmente con la predisposición a ver enemistad y tragedia cuando una reflexión concienzuda puede revelar algo diferente.
Es precisamente a través del pragmatismo, además, como encontramos claridad sobre lo que son y lo que deberían ser los Estados Unidos. Los escritos de Dewey de la década de 1930 nos revelaban que los Estados Unidos funcionaban como una asociación política porque sus ciudadanos compartían una«fe común»en el«toma y daca»de la democracia constitucional, lo que significaba que las diversas comunidades se estaban adaptando unas a otras —lentamente y no sin conflictos— de manera pragmática para crear una nueva nación. A diferencia de lo que ocurría en la República de Weimar, donde el realismo político del pueblo alemán anteponía una noción fija de sí mismo a las leyes nacionales e internacionales que protegían la diversidad, la República estadounidense sobrevivía porque era capaz de fomentar prácticas que se adaptaban mejor a la realidad pluralista del siglo XX.
En contraste con la ambigüedad del realismo de entonces, el pragmatismo estadounidense tiene claro cuál debe ser el papel del Estado. Rechaza la idea de que comunidades o civilizaciones concretas puedan invocar«lo político»(o las distinciones entre amigos y enemigos) para transgredir las normas constitucionales de una asociación más amplia; y, en este sentido, hay que reconocer que coincide con algunas manifestaciones del realismo estadounidense. Hans Morgenthau, por ejemplo,«sentía una admiración sin reservas por los fundadores de la República estadounidense». Mi argumento, sin embargo, es que la imagen conservadora radical de comunidades concretas que actúan sin restricciones legales para restaurar la «autoconfianza» civilizacional sí se inspira en otras versiones del realismo. No encuentra, sin embargo, tal respaldo en el pensamiento pragmático.
Esta semana comenzó con el presidente tratando de restaurarla «confianza civilizacional»de Occidente mediante la amenaza de destruir la «civilización» iraní. Existe una corriente del realismo —la que sostiene que las leyes y normas liberales no deben limitar a los Estados en su lucha contra un «choque de civilizaciones»— que habría justificado tal acción, del mismo modo que justifica los niveles actuales de violencia. Los pragmáticos se oponen a la guerra contra Irán no solo porque esta violencia se vuelve en contra de los intereses y la autoconfianza occidentales. Los pragmáticos se oponen a la guerra de Trump porque rechazan la premisa de que la «realidad» consiste en un mundo dondelos «bloques»civilizacionales están representados por «grandes potencias» que compiten por «esferas de influencia». Ese mundo es para algunas personas, pero no debemos creer que es el único mundo posible. Las cosas cambian, y al igual que los pragmáticos confían en el modo de vida democrático para mediar el pluralismo dentro de Occidente, actúan con fe (sin ser ciegos) en que un diálogo entre civilizaciones puede crear las condiciones para un mejor orden mundial posliberal y pos-Trump.
Jason Ralph es profesor de relaciones internacionales y antiguo director de la Facultad de Política y Estudios Internacionales de la Universidad de Leeds. Es autor de On Global Learning (CUP 2023).
Carnegie Council para la Ética en los Asuntos Internacionales es una organización independiente y no partidista sin ánimo de lucro. Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente la posición de Carnegie Council.